31 may. 2011

[Texto] Predicar la paz es un crimen (Ricardo Flores Magon)

Aprovechando todo lo que se está debatiendo en las plazas donde lxs acampadxs permanecen, dejo este texto de hace un siglo que alude a uno de los grandes debates de estos días, el del uso de la violencia. Si se convierte en debate es, precisamente, porque el Poder así lo ha querido separándonos de una herramienta que siempre ha estado con nosotrxs en nustras luchas por la libertad. Si no se hace uso de ella es sobretodo por miedo (legítimo miedo, claro). También por imagen hacia el resto de la sociedad. Y esto sí es menos legítimo, pues parte de un discurso anclado en el acto de concienciar al otrx a través de la imagen que el Poder ha conseguido imponer en nuestras conciencias. Si los demás no entienden nuestra violencia, es que no entienden nada; no entienden la violencia diaria del trabajo, del dinero, de la mercancía, de la alienación. Intentar 'concienciar' a alguien que no entiende esto, a través de la pasiva recepción de golpes cuando las cosas se ponen feas, es una acción con resultados más que dudosos. Sin hablar de esa superioridad moral narcisista de la que muchxs después alardean y escupen contra lxs que no adoptamos sus métodos. Bien harían en releer la historia de los hippies de los 60, sus logros y sus limitaciones, sus consecuencias y su desenlace. No fue en vano que Günther Anders, pacifista radical durante muchos años, acabara realizando autocrítica de un método que acaba, con frecuencia, convirtiéndose en una parodia de sí mismo.

'Peaceful protests don't make police hippies'. Prensa británica.


"...todos los discursos pacifistas no son mas que la logica misma de quien defiende el terrorismo de Estado y cuestiona toda accion directa contra el mismo. El Pacifismo es, por excelencia, el discurso del terrorismo de Estado mismo hablando a su enemigo" Sobre la Lucha Armada, Revista Comunismo

Predicar la paz es un crimen

Trémulo y pálido, inquieta la mirada, colgante el belfo, un hombre se abre paso por entre la multitud, y dando tropezones, arrastrando los pies como si fueran de plomo, sube a la tribuna: es el Miedo quien va a hablar. Filosofia de bestias de cuadra es la qne predica. La paz es buena, dice; la paz es un gran bien, La vida es dulce y es amable, prosigue; cuidemos, pues, la vida.
Momentos antes, altivos tribunos habían sacudido a aquella multitud, y el heroismo, el arrojo y la rebelde audacia habian hecho vibrar aquellas almas, almas proletarias, espiritus taciturnos de vencidos seculares que, al grito de rebelión, habían sentido levantarse de los más escondidos rincones de su ser el ansia de los héroes, el coraje de los bravos. Un grito más, y aquellos esclavos habrian dejado caer con rabia ese fardo que los encorva y los somete con más eficacia que el presidio y el cadalso: el respeto a los de arriba. Pero el Miedo se encarama y habla; sus palabras pasan sobre aquellas cabezas como un soplo de invierno; y los entusiasmos se apagan, el ansia ardiente se entumece, y aqnellos seres humanos, que habían podido llegar a los umbrales del heroísmo e iban ya a franquear sus puertas, abren los ojos con espanto y retroceden para caer de nuevo envilecidos y sumisos a los pies de sus verdugos, repitiendo las palabras malditas: la paz es buena; la paz es un gran bien.
Esta es la historia de todos los humanos esfuerzos hacia la libertad y la felicidad. Poniendo en riesgo su vida y su bienestar, habla el apóstol. Los esclavos se enderezan y escuchan. La vívida palabra del apóstol cae sobre las almas entristecidas por el secular dolor como un bálsamo bienhechor. Es un consuelo saber que todos, por el solo hecho de nacer, tenemos derecho a vivir y a ser felices. ¿No somos felices? Es que hay alguien que pone obstaculos al libre disfrute de la felicidad. Y el apóstol habla entonces del amo, del fraile, del soldado y del gobernante. Estos pesan sobre los proletarios desde que apareció el primer ladrón que dijo: este pedazo de tierra es mio, y desde entonces han moldeado a su antojo la inteligencia humana, amedrentándola unos con el temor al infierno y aterrorizándola otros con el calabozo y la muerte. De aquí deriva el religioso respeto a los de arriba; respeto al fraile que embrutece; respeto al soldado que asesina; respeto al gobernante que oprime; respeto al amo que vive del trabajo de los parias, y ese respeto prescrito por las leyes, tan admirablemente dispuestas que con ellas sólo se benefician los de arriba y se perjudican los de abajo, oprime a la humanidad, la hace esclava, la hace desgraciada porque quita el derecho al libre examen, arrebata la prerrogativa de gozar de todos los bienes con que nos brinda la naturaleza, nos tienta la civilización y hace al hombre incapaz de levantar la vista y mirar de frente a sus opresores.
Contra ese respeto habla el apóstol y sus palabras son inyecciones de santa soberbia que vigoriza a las multitudes. El deseo de ser libres se apodera y el espíritu de la justicia inmortal parece que al fin se decide a echar sus raíces en el corazón del hombre. Pero viene el Miedo y habla; se sobrecogen de terror los corazones; los brazos más firmes dejan caer con desaliento las armas libertarias y de los labios envilecidos brotan una por una las odiosas palabras: la vida es dulce y amable; cuidemos, pues, la vida.
Y bien, predicar la paz es un crimen. Predicar la paz cuando el tirano nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos extorsiona hasta convertirnos en sus esclavos; cuando el Gobierno, y la Burguesia y el Clero matan toda aspiración y toda esperanza; predicar la paz en tales circunstancias es cobarde, es vil, es criminal. La paz con cadenas es una afrenta que se debe rechazar. Hay paz en la ergástula, hay paz en el cementerio, hay paz en el convento; pero esa paz no es vida; esa paz no enaltece; esa es la paz de Porfirio Diaz, la paz en que medra el eunuco y se prostitnye el ciudadano; la paz de los Faraones, la paz de los Czares, la paz de los Césares, la paz de los sátrapas del Oriente. Una paz asi, ¡maldita sea!
Contra una paz asi debemos rebelarnos todos los que todavia andamos en dos pies. La muerte en medio de la Revolución es más dulce que la vida en medio de la opresión. La libertad o la muerte, debe ser nuestro grito, y a su conjuro levantémonos todos para aplastar, primero, a los cobardes que predican la paz; en seguida, a los tiranos.
Primero a los cobardes, porque ellos son el más seguro apoyo de todo despotismo y los enemigos más peligrosos de todo progreso. Blasfemia, gritan los cobardes. Si, bendita blasfemia, responde el revolucionario; blasfemia creadora; blasfemia vidente; blasfemia sabia; blasfemia justa. La blasfemia puso sus manos en los altares y los tronos de la Tierra, y los hizo pedazos; la blasfemia se elevó al cielo donde otra corte, la celestial, imperaba y la hizo añicos con la razón dejando en su lugar soles magnificos cuya composición quimica nos dió a conocer; la blasfemia rompió el freno con que la ignorancia tenia fija a la Tierra en un punto del espacio y la echó a rodar en su elipse gloriosa alrededor del Sol; la blasfemia arrancó el rayo de las manos de Júpiter y lo redujo a prisión en la botella de Leyden, e infatigable y audaz la blasfemia, después de haber llegado al cielo y derribado dioses; después de haber encadenado las fuerzas ciegas de la naturaleza; después de haber descubierto la impostura del derecho divino de los llamados señores de la Tierra; después de haber escudriñado los mares hasta encontrar el protoplasma, o sea la más pequeña raíz del árbol zoológico cuyo más bello fruto es el hombre, se levanta serena, con la serenidad augusta de la Ciencia, para formular ante el Capital esta sencilla pregunta: ¿por qué reinas?
Obreros de la Revolución: cultivad la irreverencia.
(De Regeneración, 17 de septiembre de 1910).

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