3 mar. 2011

[Textos] ¿Y si perdiésemos la paciencia?

Muchos de los equívocos referentes a la gestión democrática del poder provienen, a mi parecer, de la ambigüedad del concepto de consenso. Lo que sigue es un razonamiento actualmente difundido entre un buen número de anarquistas.

Cuando el fundamento de la sociedad de la dominación era visiblemente la brutalidad de la fuerza, el significado de las prácticas de revuelta resultaba evidente para los explotados. Si éstos no se rebelaban era precisamente porque el chantaje de la policía y el hambre les obligaba a la resignación y a la miseria. Contra ese chantaje por tanto, era necesario actuar con determinación. Hoy, por el contario, las instituciones del estado cuentan con la participación, dirigida, de las masas, puesto que una acuciante operación de condicionamiento les ha hecho consentir. Por este motivo la revuelta debe desplazarse al plano de la deslegitimación, de la erosión gradual y ascendente del consenso. Por tanto, sería a partir de esas pequeñas zonas en las que la presencia del poder no está legitimada, en las que está puesta entre paréntesis, por así decirlo, que se puede hacer crecer un proyecto de transformación social. De otra manera la rebelión se convierte en un actuar como fin en sí mismo, en el mejor de los casos un inútil e incomprendido gesto testimonial, en el peor una contribución a la represión y un peligroso alejamiento de las necesidades reales de los explotados. Ésta me parece la esencia de un discurso que viene frecuentemente adornado de mil maneras distintas.

Todo este razonamiento se basa en realidad en una premisa falsa, según la cual existiría una separación entre el consenso y la represión. Que el estado necesita de ambos instrumentos de control es algo evidente y creo que nadie incurre en el error de negarlo. Pero darse cuenta de que el poder no puede sostenerse solo con la policía o la televisión, no basta. Lo impotante es comprender en qué proporción están relacionadas entre sí.

Legitimación y coerción parecen ser condiciones distintas sólo si se considera el consenso como una especie de aparatoninmaterial que plasma la materialidad de la autoridad; en otras palabras, si se considera que la producción de una determinada actitud psicológica (la acepta)ción) se da en otro lugar distinto a las estructuras de explotación y de la imposición basadas a su vez en actitudes semejantes. Desde este punto de vista resulta irrelevante si esa producción viene de antes (como preparación) o después (como apología). Lo que interesa es que no se producen a la vez. Y es justo aquí donde se abre la separación de la que hablábamos.

En realidad, la división entre la esfera interior de la consciencia y la de la práctica de la acción, existe sólo en la cabeza (y en los proyectos) de los curas de todos los colores. Pero al final tembién ellos están obligados a otorgar un región terrenal a sus fantasías celestes. Como Descartes tuvo que inventar la glándula pineal como lugar donde reside el alma, así el burgués ha designado la propiedad privada como el feudo de su mísero yo santificado. De igual modo, el demócrata moderno, no sabiendo dónde ubicar el consenso, recurre a la simulación del voto y del sondeo. El último en llegar, el libertario a la altura de los tiempos sitúa la práctica deslegitimizadora en una "esfera pública no estatal" de misteriosos confines.

El consenso es una mercancía como lo es una hamburguesa o la necesidad de cárceles. Es más, la sociedad más totalitaria es la que sabe dar a las cadenas el color de la libertad, la mercancía por excelencia hoy en día. Si la represión más eficaz es la que anula el deseo mismo de rebelión, el consenso es represión preventiva, policía de las ideas y las decisiones. Su producción es tan material como la de los cuarteles y los supermercados. Los periódicos, la televisión y la publicidad son poder como lo son los bancos y los ejércitos.

Enfocando así el problema, resulta evidente que la denominada legitimación no es otra cosa que autoridad. El consenso es fuerza, y su imposición se ejercita desde estructuras concretas. Esto significa que puede ser atacado. De lo contrario chocaremos siempre con un fantasma que, cuando se hace visible, ya ha vencido. Nuestra posibilidad de actuar iría a la par que nuestra impotencia. Se puede golpear esta realización del poder, pero su legitimación llega siempre -de donde no se sabe- antes y después de mi ataque, para anular su sentido.Como se ve, de la manera de concebir la realidad de la dominación deriva la manera de concebir la revuelta. Y viceversa.

El hecho de que la participación en los proyectos del poder es cada vez mayor, la vida cotidiana está cada vez más colonizada, el hecho de que el urbanismo hace que el control policial sea en parte superfluo y la realidad virtual destruye todo diálogo; todo esto incrementa (ciertamente no la elimina) la necesidad de insurrección. Si tenemos que esperar a que todos se hagan anarquistas para hacer la revolución, decía Malatesta, vamos listos. Si tenemos que esperar a deslegitimar al poder para atacarlo, vamos listos. Pero los anhelantes, por suerte, son poco dados a la espera. Que perder, sólo tenemos la paciencia.

Massimo Passamani

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